Bohemia en el Chorro de Quevedo
- 28 abr 2016
- 3 Min. de lectura
Llega la tarde con su dosis de euforia y aquellas nubes que antes del almuerzo presagiaban lluvia se dispersan como si les fastidiara la noche. Bogotá se oscurece y aunque “parece que va a llover”, no llueve.
En la Candelaria, uno de los centros históricos y culturales mejor preservados en Latinoamérica, un grupo de universitarios, confesados por los libros que llevan en los brazos, caminan por empinadas calles con nombre, para llegar a la Plazoleta del Chorro de Quevedo, en la calle 13 con segunda.
Mientras tanto Ricardo, un joven golpeado por la vida, observa detalladamente su llegada al lugar, mientras lo acompaña su lienzo y su pincel, en donde ha querido retratar su realidad y la perspectiva que pocos ven. Él ha sido un fiel seguidor del arte desde pequeño, es estudiante de diseño gráfico y decide ir a este lugar no solo para expresar sus más profundos sentimientos a la hora de pintar, sino también obtener un medio económico para seguir sus estudios y aportar a su hogar. Un hombre que se gana la vida solo retratando.
Al frente se encuentra memin, como es conocido por todos, que trata de imitar a cuanta persona pasa por su lado, pretendiendo robarles una sonrisa y esperando un pequeño incentivo por lo anterior, él actúa solo por la magia que produce la historia de este lugar.
Por la Calle del Embudo, un angosto camino de piedra con un andén más alto que el otro, se ven varios sitios incrustados en los vestigios de la ciudad colonial, en casas de tejas rojas y portones de madera. Allí varios seres inusitados comparten unas `polas´ con sus amigos y cantan a puro pulmón canciones de Kraken, The Doors, Silvio Rodríguez y Charly García. Por ese callejón, anda suelto el olor de la arepa con queso, el chorizo, la empanada y la papa mona (criolla). La famosa chicha, transmitida de indios a indios y luego a españoles y criollos, la delata improvisados letreros de cartón y se vende por botella o en vaso “sumercé, pruebe que es rica”.
En el patio interior de una de las casas de este curioso ‘pasadizo’, los transeúntes tienen dos opciones “echar paso” sobre el piso de cemento o atinarle al agujero de la rana. Casi enseguida, en un sitio rodeado de oscuridad, “el cliente escucha lo quiere”, dice la dueña, con una moneda de 200 pesos puede poner en la rockola desde hard rock hasta reguetón.
Después de haber dado más de 130 pasos y de atravesar un embudo de ritmos, aromas y belleza fugitiva, se llega a la memorable Plazoleta, donde según ─algunas versiones de la historia─ fundó la ciudad Gonzalo Jiménez de Quesada. Allí los espesos ambientes jamaiquinos y el hombre de pelo largo que pregunta al oído “qué busca, hermano”, se evaporan al primer “Erre, cinco cuatro ¡cucc!” del walk talkie de la Policía.
Es entonces cuando el espectáculo del Chorro cambia, para darle paso a la bohemia, al café, al vino caliente, al canelazo y al mojito. La sensualidad del saxo flota a más de dos metro del suelo e incita a que una pareja se dé su primer beso.
Una melodía rota se convierte en la deuda que el bolero le debe a luna y las carcajadas de seis amigos se estiran como queso en los restaurantes, el calor de las chimeneas y la comodidad de los cojines y las hamacas redondean un ambiente mágico y tranquilo que, por varias horas, es embelezado por la trova cubana y la música en vivo.
En este lugar que atesora nombres e historias, un gato gris es el protagonista de la leyenda de un restaurante; la Mala Reputación de George Brassenes es un café con “ambientes relajados”; Rosita no es la señora que vende chicles y cigarrillos al lado de la fuente sino un restaurante para comer “el mejor ajiaco” y la Pequeña Santa fe no es una Bogotá en miniatura sino una estación para apaciguar el frío con una tasa de chocolate o de agua de panela caliente.
El célebre ‘Chorro de Quevedo’ de domingo a domingo es un nudo de contrastes que recibe con el mismo amparo a las corbatas, a las mochilas, a las faldas y a los bluyines de nacionales y extranjeros, por eso es la prueba fehaciente de que en Bogotá no todos andan agarrados como perros y gatos.

Comentarios